De 2003 a 2020: cuáles son los puntos en común entre inundación y pandemia

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A 17 años de la peor tragedia que sufrió Santa Fe en su historia.

Un análisis resiliente de lo que dejó aquella experiencia y lo que toca hoy atravesar con el coronavirus, desde la mirada de una especialista en la comunicación de gestión de riesgos, Andrea Valsagna. “Debemos detectar qué es lo que tenemos que aprender ante esta pandemia”, reflexionó.

Este 29 de abril la ciudad de Santa Fe recuerda con dolor su peor catástrofe. La inundación de 2003 dejó bajo agua a un tercio de la urbe, con el doloroso saldo de 23 muertos por inmersión, miles de secuelados y gran cantidad de otras víctimas fatales producto de las consecuencias colaterales. Además, hubo que reconstruir las viviendas de casi todo el cordón oeste, en medio de una crisis económica, lo que demandó una millonaria inversión.

A 17 años del peor suceso que le tocó vivir a la población santafesina en su historia, hoy una pandemia por coronavirus encuentra nuevamente a la sociedad en estado de aislamiento social, por fuera de la cotidianeidad y en una crisis sanitaria que tendrá además un gran impacto económico y social.

En busca de tratar de comprender si la comunidad y sus instituciones se encuentran hoy mejor preparadas ante la pandemia por haber tenido que atravesar aquella dolorosa experiencia, El Litoral consultó a Andrea Valsagna, quien lideró en el Municipio a los equipos de comunicación de gestión del riesgo pos inundación, y llevó adelante el proceso de resiliencia durante más de una década.

“Creo que debemos realizar el ejercicio de hacernos ciertas preguntas ante esta situación que hoy nos toca atravesar —comenzó diciendo Valsagna—. Como santafesinos, vivimos una situación trágica, dolorosa y catastrófica en 2003, que nos dejó un aprendizaje”.

La importancia de estar preparados
—A su criterio, ¿cuáles son esas preguntas que debemos hacernos hoy en la pandemia?

—Lo primero que debemos identificar es qué aprendimos de la experiencia del 2003, en la que vivimos una situación de desastre, para poder pensar qué podemos hacer ahora ante lo que nos está ocurriendo. Se podrían establecer similitudes y diferencias, ya que en ambos casos se están produciendo situaciones de emergencia. Y todo este tipo de situaciones dejan al descubierto de forma dramática las desigualdades sociales. Nos marcan lo que nos falta, ponen en agenda lo que no queremos ver. Si bien la inundación de 2003 tenía cierta previsibilidad, no se dimensionó el impacto que tendría, y ahora sucede algo similar.

—Una diferencia es que hoy le está ocurriendo lo mismo a todo el mundo, mientras que la inundación fue sólo acá.

—Sí, aunque hay que decir que la inundación fue en toda la región, lo que ocurrió es que acá se vivió la situación más traumática. Tuvo dos aspectos: fue en una región y duró un tiempo. No había en la ciudad planes de alerta temprana (de inundación del Salado), ni planes de contingencia o gestión del riesgo. En el caso de la pandemia, hubo alertas de la OMS, pero no está claro el impacto que tendrá, ya que se trata de un fenómeno nuevo para la humanidad. No se sabe cuándo llegará el “pico” (de infectados y muertes), y se está estudiando mientras nos sucede.

—Convivimos con la incertidumbre sobre cómo terminará esto.

—Ahora, también el organismo de Reducción de Riesgos de Desastre (de Naciones Unidas), dice que a veces la suma de pequeños eventos tiene mayor fuerza que un evento en particular, causan mayor impacto. Es decir, es distinto sufrir un shock que padecer tensiones permanentes, que además, por ser permanentes a veces no las vemos.

—¿Cuáles serían hoy esas tensiones permanentes que sufrimos en la emergencia?

—Un ejemplo de ello puede ser la desatención del sistema de salud o de los adultos mayores. La situación que atraviesan los geriátricos no es un tema nuevo y ahora se puso el foco allí y está en la agenda pública.

—Por otra parte, no es lo mismo hacer la cuarentena en una casa confortable y con los recursos necesarios, que en una situación de hacinamiento y pobreza…

—Exacto. Por ello es importante el aprendizaje de lo que nos tocó vivir en 2003. Al mismo tiempo que atendemos la emergencia debemos pensar cómo mejoramos esas capacidades que hoy nos faltan para ser menos vulnerables después. Así se construye la resiliencia: estar fortalecidos para afrontar la próxima situación crítica que nos toque atravesar.

—En ese sentido, ¿los santafesinos estamos más fortalecidos que otras sociedades por haber atravesado la inundación de 2003?

—Esa es otra pregunta que debemos hacernos. Habría que estudiarlo. Se podría investigar, por ejemplo, si las redes barriales de solidaridad que se crearon en 2003, lo que la Cruz Roja denomina resiliencia comunitaria, hoy nos están ayudando a atravesar la emergencia de mejor manera. Lo que sí creo es que deberíamos estar mejor preparados para saber qué puede aportar cada uno desde su lugar, porque quedó claro que uno solo no puede, eso aprendimos en 2003. Lo digo en el sentido individual, como comunidad, y también institucional. El Estado solo no puede, es necesaria una gestión coordinada.

—¿Qué otro actor social cumple un rol importante?

—Otro aspecto importante es contar con buena información para el que toma decisiones y tener medios confiables para la población, porque tenemos derecho a conocer los riesgos a los que estamos expuestos. Aprendimos con los años que ante cada crecida del río, cada lluvia, debemos estar más alertas que otras comunidades. Y sabemos que debemos escuchar más a los medios locales que a los nacionales.

—¿Qué otra enseñanza tenemos?

—El aprendizaje social que hicimos los santafesinos en el tratamiento de los residuos para evitar que se tapen los desagües habría que analizarlo ahora para ver cómo se capitalizó ante un fenómeno distinto, porque es otra la amenaza.

—¿Y desde el Estado?

—Creo que la ciudad tiene consolidadas capacidades institucionales que en 2003 no tenía, y se deberían aprovechar. Todos los actores políticos deben involucrarse y lograr consensos. Y, por otra parte, las políticas públicas más sólidas tienen que fortalecer las capacidades del Estado, independientemente de los gobiernos de turno, ese es un desafío.

—¿Qué otra pregunta considera que debemos hacernos?

—Debemos preguntarnos dónde están las desigualdades, qué es lo que falta, para poder actuar en consecuencia. Hoy el foco está en la salud.

Abrazos virtuales por la memoria
—Sí, pero a su vez no es lo mismo llevar adelante el aislamiento en una casa confortable que en un rancho.

—En Santa Fe hay mucha gente que tiene miedo cuando llueve. El manejo del miedo que genera este tipo de situaciones traumáticas debe abordarse con mayor cautela. El miedo funciona como alarma. Es saber cómo me preparo para que no pase algo peor. Hay que tener presente cuál es la percepción del riesgo que tenemos. Quien está en una vivienda con más posibilidades se encuentra en una situación más cómoda que quien no lo está para pensar esto. Quien no tiene acceso a la alimentación y al trabajo reacciona diferente ante el riesgo. Entonces, cada uno actúa de acuerdo a cómo percibe el riesgo.

—Estas situaciones límite dejan enseñanzas…

—Así como en 2003 aprendimos que no deben radicarse familias en zonas bajas e inundables, ahora debemos detectar qué es lo que tenemos que aprender ante esta pandemia. Debemos pensar qué pasa con las ciudades, la calidad de las viviendas, la densidad urbana, la movilidad, la capacidad de adaptación a los cambios económicos, la incorporación de tecnología, el tele trabajo, la venta digital, la logística, la conectividad, la organización del comercio, estos serán los temas de debate a futuro, pero hay que empezar a pensarlos hoy. Muchos ya tenían incorporados estos temas en sus agendas, y seguramente están más preparados, pero otros no. El enfoque resiliente nos impone pensar todo esto ahora para no ser los mismos que antes, sino que aprendamos. Y el Estado debe acompañar este proceso e incluir a todos, y debe aprovechar el conocimiento científico y consultar a las universidades locales sobre estos temas.

—¿Hay otras sociedades mejor preparadas ante la pandemia?

—Así como nosotros tenemos incorporado un aprendizaje por haber sufrido inundaciones, hoy los países orientales que tuvieron una mejor respuesta ya habían sufrido hace diez años la epidemia de Sars, por lo que tienen incorporado el aprendizaje del distanciamiento social, la vigilancia epidemiológica y un sistema de salud más preparado.

—En definitiva, ¿cuál es el mayor aprendizaje que tuvimos los santafesinos tras la inundación y nos sirve hoy?

—Aprendimos del 2003 que una emergencia se atiende con los recursos que uno tiene disponibles. Eso nos obliga a pensar al mismo tiempo que atendemos la crisis, cómo mejoramos nuestras capacidades para ser menos vulnerables después. Eso es construir resiliencia. La resiliencia urbana es esa capacidad de las ciudades, sus instituciones, sistemas y comunidades de enfrentar una crisis y salir fortalecidos de ella, o seguir creciendo a pesar de los shocks (inundaciones, terremotos, pandemia) o estreses (pobreza, violencia urbana) a los que esté expuesta.