Pandemia y besos exiliados: cómo afecta el aislamiento al deseo del contacto real

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El encierro altera la “necesidad” de la conexión social física, hoy ausente.

“Ya se manifiestan conductas irritables e insensibilidad”, dice el experto. El reemplazo virtual de esa ausencia no es del todo efectiva, menos el abuso de celulares. Además, emergen sueños y duelos no resueltos. Y el sexo de las parejas se vuelve “indiferencia”.

La foto que recorre el mundo. Ben Cayer y Mindy Brock son pareja y enfermeros anestesistas. En un hospital de Estados Unidos, un colega los retrató en el momento en que se tomaron los rostros y se dieron aliento a través de sus máscaras. El beso que no pudo ser en medio de la pandemia. Crédito: Gentileza

La pandemia del coronavirus mandó al exilio a los besos y los abrazos. El exilio puede ser traumático y doloroso: ya lo sabían los griegos de la Antigüedad, y por eso lo inventaron. Las nuevas normas dictadas para evitar la propagación de coronavirus —el distanciamiento social, el aislamiento obligatorio y, finalmente, el encierro— configuran una situación inédita para los seres humanos, por cuya evolución son, en esencia, sociales, destinados a vivir en comunidad y no en un confinamiento propio de un ermitaño.

Un reciente estudio experimental del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), publicado por un medio español, probó que el aislamiento social agudo provoca señales de deseo neuronal en el cerebro similares al hambre. “La representación neuronal de la soledad y del querer comer es, al menos en parte, similar”, dijo una de las investigadoras del estudio. Vale decir entonces que como el hambre, el contacto social físico es también una “necesidad biológica”.

“Viejo, extraño mucho un abrazo tuyo”, le dice un hijo por el celular a su padre. Ambos están lejos el uno del otro. En las redes sociales pueden verse publicaciones de capturas con videollamadas entre varios integrantes de una familia, o entre amigos. La videollamada es lo más parecido a un contacto “humano” en épocas de pandemia, aunque no sea otra cosa que un registro virtual donde está todo —las caras, la voz, las risas— excepto lo esencial: la conexión física afectiva. Los besos, los abrazos, los apretones de manos, el erotismo, otra vez, en el exilio.

¿Cómo afecta el distanciamiento provocado por la pandemia a las relaciones sociales reales y humanas? ¿Es recomendable tanto reemplazo de ese contacto físico —hoy ausente— por las nuevas tecnologías? ¿Qué pasa con lo estrictamente humano en el contexto de una pandemia que obliga, como única vacuna, a alejarnos de los otros? “Ya hay personas que empezaron a dormir mal, a mostrarse irritables, a volverse insensibles”, empieza a decirle a El Litoral Luciano Lutereau, reconocido psicoanalista y Doctor en Filosofía (UBA). En esa universidad es docente e investigador. Además, es autor de Más crianza, menos terapia (Paidós, 2018) y Esos raros adolescentes nuevos (Paidós, 2019).

Aburrimiento, irritabilidad, reemplazo virtual

—¿Cómo puede afectar a nivel comportamental y subjetivo esta imposibilidad transitoria del contacto físico con los seres queridos, como padres, madres, hermanos, amigos, parejas, etcétera?

—Estas semanas de cuarentena muestran que hay reacciones muy diversas y progresivas. En un primer momento, muchas personas reaccionaron de manera maníaca y vieron en este tiempo la ocasión para “aprovechar” y hacer ciertas cosas. El resultado fue más bien el contrario: este esfuerzo de sobreadaptación llevó a un aburrimiento profundo, a que se reforzaran hábitos que se volvieron rígidos y, en ese lapso, se perdió la relación con lo lúdico. En esta última semana, muchas personas empezaron a dormir mal, a mostrarse irritables, a volverse insensibles también, con un dejo de resignación.

Por eso, el desafío hoy es poder volver a recuperar un tiempo que no es solamente el de los hábitos (muy importante por cierto, fundamental para evitar la desorganización psíquica), porque no alcanza para tener una vida dedicarse a sobrevivir. Aquí surge lo que vengo llamando como encontrar “un tiempo dentro del tiempo”: es decir, un tiempo que no se reduzca al de la continuidad de hacer cosas, que se pueden volver compulsivas, porque siempre después de una viene otra (lavar la ropa, pasar el trapo al piso todos los días, cocinar, etcétera). Hablo de un tiempo con mayor espesor e interioridad, por eso lo llamo “lúdico”.

Ese tiempo lúdico es para hacer algo más que eso que hacemos habitualmente, porque no alcanza con desarrollar potencialidades, sino también que es necesario que haya lugar para la sorpresa, o sea, para hacer eso que “nunca imaginé que iba a hacer”. El afuera no es la calle, sino una relación con el tiempo que nos “abre” a salir de nosotros mismos y de nuestros hábitos reforzados, para que el tiempo nos atraviese, pase a través de nosotros y que no sea una masa amorfa que se reparte en horarios.

—¿Es efectivo de momento este reemplazo virtual del contacto físico afectivo mediante las tecnologías (videollamadas, por ejemplo)? ¿O es un “placebo” en la ausencia real de contacto social? Y el abuso de ese reemplazo virtual, ¿puede generar un boomerang indeseado, como más ansiedad?

—En esta semana de cuarentena, aquellos que antes decían que podían tener tiempo para hablar y chatear con otros, hoy cuentan que están agobiados por los memes y grupos de WhatsApp, porque la conectividad fuerza una dependencia continua, que no se puede cortar y siempre a un mensaje le sigue otro, y el teléfono no se puede dejar porque si no, los mensajes se juntan… En fin, la conectividad es tiempo continuo y es muy invalidante para que alguien se enriquezca.

Por eso, yo empecé a aconsejar que al menos tres veces por día se apaguen los dispositivos: primero, para verificar que no pasa nada si uno no está conectado; segundo, para producir un corte en el ritmo del tiempo y, tercero, para que haya intimidad. Porque aunque parezca paradójico, se puede estar en casa sin que haya intimidad si todo el tiempo se introduce la mirada de la pantalla en el ambiente.

Quiero decir que aunque uno esté en ropa interior en el sofá, con el teléfono en la mano, no hay intimidad. A lo sumo hay exhibición, pero la intimidad en sentido estricto requiere una relación con un afuera, ese afuera que es más el tiempo (del que ya hablé antes) y no tanto del espacio, mientras que la conectividad transforma todo en un adentro extendido y permanente.

Videollamadas. “Hoy en día no somos seres humanos en sus casas, sino como robots que no puede ejercitar sus aplicaciones, y eso nos produce frustración y resentimiento, porque nos falta lo más propio de la humanidad, que es la capacidad de crear y proyectar”, dice el filósofo.

¿“Humanización algorítmica”?

—Ya desde antes, la gente venía desencontrada con la naturaleza social de la especie humana: las redes sociales hacen creer que sirven para “conocer realmente” a las personas. Y apareció la pandemia. ¿Puede pensarse que esta situación viene a concluir un proceso de deshumanización (real) de la sociedad moderna, para llevarla a una nueva “humanización digital”?

—Coincido en el sentido de que el virus no trajo algo nuevo, sino que es el cierre de un proceso que ya empezó antes, basado en la instrumentación del otro y la pérdida del lazo social (por las tecnologías). El punto central aquí es cómo vivimos la cuarentena como un encierro, cuando esto podría no ser así: el encierro es una vivencia y no un hecho. Esto es, que uno se puede sentir encerrado al aire libre. Es un modo de tomarse la vida, y los síntomas del encierro que hoy se hacen palpables hablan de un aplanamiento del deseo que ya venía de antes, cuyo origen era orientarse en la vida de acuerdo con el rendimiento, con la realización de fines objetivos y no personales, con cierto “resultadismo” que nos volvió autómatas.

Hoy en día no somos seres humanos en sus casas, sino robots que no puede ejercitar sus aplicaciones, y eso nos produce frustración y resentimiento, porque nos falta lo más propio de la humanidad, que es la capacidad de crear y proyectar. Hoy la proyección se volvió planificación, y la creación cedió a la utilidad.

Luciano Lutereau es psicoanalista y Doctor en Filosofía, docente e investigador de la UBA. Ha publicado una gran cantidad de libros. Da cursos y seminarios.

Los sueños en pandemia
—Ya se habla de que el aislamiento está generando en muchas personas más producción de sueños, más autoreflexiones sobre conflictos y contradicciones internas. ¿Puede esta situación despertar en la gente complejos no resueltos, regresiones a traumas, incluso sexualidades reprimidas?

—Muchas personas empezaron a soñar más en estos días, pero eso no se debe a un rasgo positivo, sino a que la pérdida de deseo en la vida cotidiana encuentra su refugio en la vida onírica. Por suerte vuelven sueños de antaño, sueños densos, que traen conflictos del pasado, sobre todo duelos no resueltos. Mi hipótesis es que la cuarentena actualizó para todos aquellos duelos que habían quedado pendientes y que, en el automatismo de la vida cotidiana, no se pudieron elaborar.

Por eso, hay varones que sueñas con ex novias, mujeres que recuerdan escenas de infancia, complejos y pedazos de historia que se creían olvidados, pero volvieron con fuerza, porque si bien el deseo está en declive, no por eso deja de resistir y busca su lugar en el pasado.

El sexo en tiempos de coronavirus: Erotismo y fantasías perdidas 
—¿Qué pasa con el deseo sexual en esta situación de aislamiento? ¿Se retrae, se bloquea? ¿Qué consecuencias puede traer esto en una pareja que vive en casas separadas y no puede verse por el aislamiento obligatorio, por ejemplo?

—La hipótesis que yo propuse en algunos textos y entrevistas es que vivimos una suerte de “deserotización”, ya que el deseo necesita un afuera: sin ese componente, se aplasta. Por ejemplo, en las parejas pasó algo muy curioso en estos últimos días: antes que un exceso de sexo, lo que se comprueba es una creciente indiferencia. Los que en cambio parece que se erotizaron son los “ex” que eligieron volver a convivir, incluso a veces para pelear por aquellas cosas que peleaban antes.

Pero a nivel del erotismo, las parejas que se habían elegido por deseo hoy se encuentran aplanadas. Porque si el otro deja de ser otro y se convierte en una presencia constante, ¿cómo habría deseo si éste necesita la ausencia? Una pareja no sólo está hecha del tiempo que pasan juntos, sino del tiempo en que no se ven, para extrañarse, celarse y otras formas del deseo. El deseo es una pasión de la ausencia.

De un tiempo a esta parte, el sexting y el cybersexo (formas de sexo virtual) son prácticas corrientes, que se caracterizan por no ser un rodeo que lleva al encuentro, sino que lo reemplazan. Lo curioso es que antes que incrementarse estas prácticas, también se redujeron, porque lo central en este tiempo de insinuaciones es que el otro esté relativamente disponible. Por ejemplo, con el sexting se juega con la idea de que el otro esté haciendo algo mientras recibe una foto, no que esté en su casa sin otra cosa mejor que hacer.

Incluso el sexting requiere el tiempo furtivo, así como el cibersexo necesita algo más que otro presente de manera continua. Es decir, en ese tiempo furtivo se cuela alguna fantasía y, con la pérdida de deseo actual, también se comprueba una pérdida de la fantasía, que es sin más aquello que el sexo no sea meramente un acto mecánico.

“Hoy en día no somos seres humanos en sus casas, sino robots que no puede ejercitar sus aplicaciones, y eso nos produce frustración y resentimiento, porque nos falta lo más propio de la humanidad, que es la capacidad de crear y proyectar. Hoy la proyección se volvió planificación, y la creación cedió a la utilidad”.

“Muchas personas empezaron a soñar más en estas semanas, pero eso no se debe a un rasgo positivo, sino a que la pérdida de deseo en la vida cotidiana encuentra su refugio en la vida onírica. Por suerte vuelven sueños de antaño, sueños densos, que traen conflictos del pasado, sobre todo duelos no resueltos”.

“En las parejas pasó algo muy curioso en estos últimos días: antes que un exceso de sexo, lo que se comprueba es una creciente indiferencia. Los que en cambio parece que se erotizaron son los ‘ex’ que eligieron volver a convivir, incluso a veces para pelear por aquellas cosas que peleaban antes”.