Cuando la policía da la mano

Cuando la policía da la mano

Era sábado 29 de diciembre y el calor agobiante del norte santafesino se hacía sentir en cada rincón.

Un ciudadano transitaba en sentido sur-norte por la Ruta Nacional 11, a la altura del Kilómetro 720, donde se encontró con un operativo rutinario de la Policía Provincial de Seguridad Vial. Tras dialogar con los agentes, les comentó que entre el ingreso de La Gallareta y Espín, había visto a un hombre caminando por la banquina, lentamente y con ropaje desaliñado.

Los suboficiales Jonatan Montenegro y Gastón Alfonso se subieron al móvil y emprendieron así camino para ubicarlo: allí venía con su paso aminorado cuando caía la noche. Luego de dialogar con él, lo llevaron hasta la Base, situada en la intersección de la 11 y la 98.

Llegaron y en el lugar estaban otros compañeros: Hernán Suñer, Maximiliano Pimentel, Gustavo Blanco y Nicolás Vera. Todos jóvenes, todos dispuestos a actuar con rapidez y diligencia.

Primeramente, como corresponde en estos casos, se controló si había un pedido de captura para el transeúnte, dando resultado negativo: no existían antecedentes siquiera. Y en ese punto, comenzó una entrevista extensa…

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El hombre contó llamarse Leoncio Ortiz. Tiene 38 años, nació en Formosa pero hace casi dos años se mudó a Buenos Aires, donde vivía su madre y su padrastro. Ella falleció pero él siguió habitando el lugar. Trabajaba como albañil y plomero; sin embargo, tras la crisis económica del país, cada día fue más complejo conseguir un empleo, el dinero ya no alcanzaba y había que tomar una decisión. Eligió volver a su Formosa natal, donde residen tíos y primos, para buscar una mejor suerte, como se suele decir.

Preparó un bolso con ropa, una pequeña mochila y agarró su bicicleta: no había plata para colectivos, y la única manera que hallaba para viajar era a través de dicho vehículo. Iniciaba la mañana del 21 de diciembre cuando empezó a pedalear… La primera ciudad donde optó por quedarse fue Rosario. Una familia de un barrio – cuyo nombre no recuerda – le dio una changa de albañil, por unas 48 horas. Los billetes de pago fueron pocos pero, al menos, para algún alimento alcanzaron.

Siguió viaje pensando que faltaba menos para arribar a su pueblo. De pronto, casi al salir de Rosario, fue interceptado por ladrones que le robaron el bolso y la bici. Leoncio no sabía qué hacer… Su tenacidad valió más y, en vez de regresar a Buenos Aires, continuó a pie, haciendo dedo, con el anhelo de que alguien lo suba.

Los días fueron pasando: no había manera de higienizarse, la ropa se ensuciaba más, los mosquitos no le daban tranquilidad, el sol partía fuerte al dirigirse hacia el norte y nadie paraba a alzarlo. Aunque perdió un poco la noción del calendario, estaba firme en su objetivo, entendía adonde debía llegar.

En esas circunstancias fue cuando aquel conductor del vehículo lo vio a la altura del acceso a La Gallareta y avisó a la Policía Vial.

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Los suboficiales pidieron autorización a los jefes de la Base de Vera y de la Unidad Operativa de la Regional 1 (Cabral y Farías), para “darle una mano a Leoncio”, tal como hoy lo comentan. Ellos dijeron que sí y surgió la organización: había que buscar ropa limpia, calzado y elementos de higiene. La colecta fue productiva y armaron una bolsa con camisas mangas cortas y largas, remeras, pantalones, zapatillas, zapatos, desodorante y repelente.

En la Base tienen un baño, así que Leoncio pudo refrescarse, por primera vez, en casi diez días. Lo que vistió durante ese tiempo fue directo a la basura, porque no existía forma de volver a usarlo. Después eligió entre las prendas que los agentes reunieron y el reloj ya marcaba las 22 horas: era momento de la cena.

“Tenía bastante hambre y sed”, sostienen aquellos que lo invitaron a formar parte de ese ritual del alimento que cobija alrededor de una mesa e implica cruzar no sólo palabras, sino también experiencias.

Pero los chicos de la Vial no se quedaron ahí: entre todos juntaron dinero para pagar un pasaje a Formosa. Llevaron a Leoncio a la estación de servicio Shell sobre la 11, a la altura de Vera, y se despidieron allí con un profundo sentimiento de gratitud por ambas partes, ésa que producen los actos voluntarios de bondad y servicio.

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El hombre no tiene celular ni redes sociales. No hay manera de contactarlo. No se sabe si se subió a un colectivo o finalmente alguien lo alzó tras hacer dedo.

Lo que sí saben es que esperan que Leoncio haya llegado a Formosa y esté hoy por compartir los festejos de Año Nuevo con su familia; saben también que pese a la crisis, los números en rojo y el dinero que apenas alcanza, lo importante es dar una mano al que más lo necesita: tenderla, entregarla, como un obsequio, como sinónimo de la presencia ante un otro, como valor humano indispensable para vivir en sociedad. Y saben, fundamentalmente, que más allá de las funciones de su profesión, cumplieron – con creces – con ese mandato que sostiene que “la policía está para cuidar, proteger y velar por el bienestar de todos”.

Ma. Selene Ricart Asencio – Especial para InfoVera