Un adiós que duele

Un adiós que duele

Cierto es que todas las despedidas son tristes y cuando la partida es sin retorno duele más.

La repentina muerte de Angel Rolé, el “Chato” o el “Nene”, según el tiempo y su círculo íntimo, nos llena de tristeza.

No por lo que significa el simple hecho de dejar este mundo, sino por todo lo que se lleva conformando ese equipaje de recuerdos que cada uno de los que lo conocimos abonamos con nuestro afecto.

El último “Jefe” de una estación que lo cobijará por siempre en su andén, con una imagen imborrable en la memoria de quienes compartimos momentos inolvidables, tanto en su función laboral como en la relación afectiva con sus compañeros de trabajo y todo aquel que necesitaba la mano solidaria del ferrocarril.

Como olvidar las arduas gestiones para conseguir la autorización para enganchar un coche en un tren carguero, que hacía posible la llegada de tanta gente al norte olvidado, donde el tren era vital en épocas de lluvias, “el tren de los maestros”, llegó a decirse…

Como olvidar sus sabias charlas en el bar del Quo Vadis, que le permitió desarrollar una faceta social que lo llevó a ser un ferroviario distinto, un personaje entrañable con sus sabios consejos de padre a jóvenes a la deriva, que no solo iban al cine para ver una película…

El último “Jefe de una estación que lo cobijará por siempre en su andén con una imagen imborrable en la memoria de quienes compartimos momentos inolvidables, tanto en su función laboral como en la relación afectiva con sus compañeros de trabajo y todo aquel que necesitaba la mano solidaria del ferrocarril.

Como olvidar tu última etapa de la vida en la que diste lo mejor para brindar en La Fraternidad tus muestras de buena gente, además de excelente cocinero…

Cada persona que muere se lleva una parte de nuestras vidas, pero en mi caso me permito quedarme con lo mejor que vivimos los dos.
Hasta siempre. Descansa en paz.

Letyana Press