“Con los jóvenes educarnos para la justicia y a la paz”

29/12/11  // 
Dus
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Mensaje del obispo diocesano Ramón Alfredo Dus, con motivo del nuevo año.

Un año nuevo es un don de Dios a la humanidad y a cada uno: un don de vida y futuro. Al comenzar el nuevo año la esperanza brota de nuestro corazón con las palabras del salmo 130: “Mi alma espera (…) más que el centinela a la aurora” (v.6). Dios mismo ha educado a su pueblo a mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones.

En el año que termina parece haber aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a gran parte del mundo, en el ámbito del trabajo y de la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas y que se siente como un manto de oscuridad que cubre nuestro tiempo y no deja ver perspectivas alentadoras.

En medio de la oscuridad, sin embargo, nuestro corazón no cesa de esperar esa aurora que habla la Biblia. Una aurora de esperanza que se percibe viva y visible en los jóvenes. Teniendo en cuenta el aporte que ellos pueden y deben ofrecer a la sociedad, el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero de 2012, nos convoca con el lema: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz».

En una perspectiva educativa que nos incluye a todos porque se requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y también la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Porque se necesitan testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones; testigos que sepan ver más lejos que los demás. Testigos que primero viven el camino que proponen.

Educar para la justicia

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» dijo Jesús (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación. Hambre y sed de relaciones rectas significa aquí no recurrir solo a criterios de utilidad, del beneficio como una simple convención humana para determinar lo que es justo. Significa vivir la justicia desde una visión integral del hombre que permite superar una concepción de mero contrato en la justicia, para abrirla al horizonte de la solidaridad y del amor. La “ciudad del hombre”, nuestra ciudad, no se promueve y construye sólo con derechos y deberes sino antes y más aún con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. Esta caridad y este amor otorga un valor salvífico y redentor a todo nuestro compromiso por la justicia en el mundo.

Educar para la paz

La paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser constructores de la paz, debemos educarnos en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad. Hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las conciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales y de nuestro medio. Despertar conciencia sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dijo Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9).

A nuestros jóvenes

Nuestros jóvenes, son un don precioso para la sociedad. Breguemos juntos a ellos para que no se dejen vencer por el desánimo ante las dificultades y no se entreguen a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. Que no tengan miedo de comprometerse, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Que puedan vivir con confianza su juventud y sus profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y de amor verdadero.

Que sean también conscientes que son un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo serán cuanto más se esfuercen por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseen un futuro mejor y se comprometan en construirlo. Que sean conscientes de sus capacidades; que no se encierren en sí mismos, sino sepan trabajar por un futuro más luminoso para todos. Que nunca sientan que están solos. La Iglesia confía en ellos, los acompaña, los anima y desea ofrecerles lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, que es la Justicia y la Paz.

Miremos entonces todos juntos con una gran esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro caminar, y trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno. La Iglesia quiere estar unida en la responsabilidad respecto a las jóvenes, generaciones de hoy y del mañana, para acompañarlas, educándonos de modo recíproco a ser más justos y alegres constructores de la paz.

Mons. Ramón A. Dus

Obispo de Reconquista

Sede Episcopal, 26 de diciembre de 2011.