La milenaria tumba del guerrero
El antiquísimo enterratorio de un guerrero indio fue descubierto y desenterrado cerca del lecho del arroyo Malabrigo. Se especula con que podría tener 3.000 años de antigüedad. Un artero disparo de flecha terminó con su vida.
Todo indica que fue un esbelto guerrero indio, de la raza guaycurú patagónica, que cayó luchando a manos de otro semejante al recibir un mortal flechazo en la zona intercostal de su torso desnudo. De tal ímpetu, que la acanalada punta tallada en hueso ingresó en su cuerpo hasta partirle la espina dorsal.
Fue enterrado con honores. En una tumba de barro. En posición fetal, tal como fue gestado, sus pares lo acomodaron en el enterratorio para que inicie el viaje a una vida más elevada.
El extraordinario hallazgo de sus restos fue obra de la segunda expedición arqueológica a El Arazá, un distrito ubicado 20 kilómetros al oeste de Reconquista. Según informó el director del Museo Municipal de Arqueología y Paleontología de Reconquista, Prof. Dante Ruggeroni, la milenaria tumba fue encontrada el sábado 11 de junio en un sitio que se encuentra muy próximo al curso del arroyo Malabrigo.
Los trabajos fueron encarados a raíz de una información proporcionada por la docente María Inés Zbinder, maestra de la Escuela Primaria Nº 741 de El Arazá, quien solicitó que el grupo visitara el lugar ya que sus alumnos habían comenzado a llevarle piezas arqueológicas que recogían en el lecho seco del arroyo.
El sitio
Para tener acceso al sitio indicado “debíamos primera entrar a un establecimiento ganadero que se encuentra sobre la ruta provincial 40 S, cruzando uno de los puentes que atraviesan el curso”, relató Ruggeroni a El Litoral.
El emplazamiento se encuentra en el valle geológico del Malabrigo y antes de llegar se debe cruzar un sembradío de unos 600 metros de extensión, indicó el profesional que agregó que igual periplo se debe sortear por entre un monte achaparrado y muy compacto.
Finalmente, explicó, “se da con el lugar donde existen un laberinto de zanjones excavados por la aguas de unos 80 centímetros de alto”, donde se desenterró la tumba, dentro de un campo propiedad del Dr. Carlos Berrón, profesional que vive en Santa Fe.
Ruggeroni recordó que fue el encargado del establecimiento agropecuario, Juan Carlos Saravia, quien los encaminó en su tarea al afirmar que después de una lluvia muy fuerte había quedado al descubierto un cráneo que se llevaron a una escuela. Según sus comentarios, fueron varios los rescatados de ese enclave.
Por esa razón, los expedicionarios decidieron hacer dos excavaciones. La profesora Edith Gallagher organizó un grupo con los estudiantes y alumnos que “nos acompañaron y les explicó cómo debían utilizar las espátulas, mientras la tumba que ya habíamos localizado el sábado anterior fue excavada”, acotó.
Huesos oscuros
Al promediar la jornada, la tumba quedó al descubierto, con varias cuestiones para destacar. “El Museo desde hace 40 años viene realizando excavaciones en la región y hemos exhumado muchas tumbas, pero nos llamó la atención que los huesos presentaran un color negro muy acentuado”, dijo el coordinador de la búsqueda.
Casi todas tienen una antigüedad que va desde los 1800 a los 2000 años, pero ninguna de ellas tenía esa tonalidad oscura, insistió. Ello significa que podría datar de hasta 3.000 años y que habría tomado esa coloración debido a la presencia de hierro y manganeso, producto de ceniza volcánica tras la explosión de algún volcán cordillerano.
Una flecha en el costado
Pero además, “cuando estábamos terminando de limpiar la zona intercostal dimos, incrustada en la columna vertebral, con una punta de flecha de hueso pulida y acanalada”, destacó Ruggeroni.
Su experiencia de más de 40 años en la actividad le hizo suponer que se trataba de “un guerrero que murió en combate y fue enterrado con el ceremonial que esta cultura tiene con sus muertos; no debe perderse de vista que por la posición de las extremidades, al parecer estaba en posición fetal”.
El director del Museo de Reconquista se mostró asombrado por el hecho de que “casi siempre los enterratorios de los aborígenes de nuestra región están en zonas altas, en cúmulos lentiformes, elevaciones muy evidentes o barrancas altas, pero nunca en suelos bajos como en este cementerio de El Arazá”
Para finalizar, Ruggeroni agradeció al doctor Luis Prendes ya que después de tantos años de excursiones es la primera vez que un legislador acompaña y participa en los trabajos, sin olvidar a los profesores que hace más de 14 años vienen trabajando ad honorem en el Museo, y a nuestros alumnos sin los cuales no hubiéramos podido hacer este trabajo que se vincula con el rescate del patrimonio cultural
ANÁLISIS CIENTÍFICOS
Los restos serán analizados en Santa fe por el Lic. Carlos Virasoro, director del Museo Provincial de Ciencias Naturales para que, junto a su equipo técnico, determine a que se debe el color negro de los restos ya que su análisis debe correr por cuenta de un geólogo.
Para determinar la causa de la muerte se solicitará la colaboración de la antropóloga bióloga Susana Salceda, de la Universidad de La Plata, quien ya ha realizado estudios del paquete funerario de Paveenham, hallado en la laguna El Palmar, distrito de La Gallareta, Dpto. Vera.
EL GRUPO
Participaron de la expedición arqueológica la profesora Edith Gallagher, Camila y Candela Ruggeroni, Pablo Pereyra, ayudante de laboratorio del Museo, y Ana Laura Rolón, del Instituto Superior del Profesorado Nº 4 de Reconquista.
En El Arazá se unieron al grupo de trabajo la profesora Mariángeles Menapace y Matías Vergara, de Malabrigo; Ana Laura Cainelli, del Paraje El Ricardito; el médico y concejal de Reconquista, Luis Prendes; la directora primaria del Colegio San José de Reconquista, Azucena Zbinden; además de Olivia Prendes, Fernando y Micaela Casalis, y Luján Buyatti.
El arroyo Malabrigo
En sus márgenes vivían los guaycurúes patagónicos. De acuerdo con el investigador Joaquín Frenguelli, un geólogo italiano que visitó el lugar en 1923, el arroyo Malabrigo tenía unos 3.000 metros de ancho en el Pospampeano. Pero fue perdiendo su caudal hasta quedar reducido a lo que es en la actualidad.
En ese proceso, dejó detrás una arena muy fina. Al cambiar el clima, el lecho abandonado fue ocupado por pantanos que depositaron su sedimento arcilloso sobre el que se desarrolló la vegetación de monte y palmeras que se aprecia hoy.
La bibliografía empleada corresponde a la Facultad de Ciencias de la Educación de Paraná, a la página 7 del tomo I del libro “Los paraderos de la margen derecha del Río Malabrigo”, autoría de Joaquín Frenguelli y Francisco de Aparicio





