Cuidar las crías

“Una cosa no es justa por el hecho de ser Ley. Debe ser Ley porque es justa”. Montesquieu

Editorial por Javier Barbona

El otro día estaba sentado en el jardín de mi actual casa, tomando unos mates, era bien entrada la tarde, luego de una siesta de mucho calor…típico en enero en esta zona.

El jardín está lleno de árboles, pero el que más resalta es una araucaria de 10 metros de altura o más, parece ser el líder de todos los demás, por su altura y su imponencia, aunque es una observación mía, pues sabemos que estos análisis en la naturaleza no tienen ni siquiera lugar. Es decir, es un juicio típico de nuestra especie.

Bueno, estaba tomando mates y mirando hacia el jardín, cuando me llamó la atención el movimiento de algo a los pies del gran árbol, primero me quede mirando a ver si no era una hoja o algo por el estilo. Luego vi que volvió a moverse, entonces me acerqué para ver mejor.

Era un pichón de pirincho que se había caído del nido, que se encontraba en lo más alto de la araucaria. Inmediatamente sus padres (supongo) comenzaron a hacer un alboroto desde lo alto y enseguida uno de ellos revoloteó muy cerca de mi cabeza, y lanzó sonidos que parecían amenazantes a juzgar por la situación. Tomé al pichón con mis manos y lo coloque en el gajo más cercano y me alejé de la escena para observar que sucedía.

Pero para mi asombro el pichón volvió a caerse o tirarse intencionalmente, no lo sé. Entonces, estando otra vez en el piso, uno de los adultos bajó al suelo mientras el otro miraba desde el poste del alambrado cercano. El que estaba con el pichón comenzó a caminar emitiendo cierto sonido y el pichón como podía, lo seguía, el otro vigilaba por los peligros que podían acechar. Caminaron hasta un lugar del jardín que no tenía mayores obstáculos de plantas o ramas que impidieran volar.

Un vez que el pirincho estuvo en ese lugar, el vigilante bajó de su posición y caminaron un rato alrededor de la cría. Para mi sorpresa, lo tomaron de los extremos de sus alas, llenas de canutos o proyectos de futuras plumas, e intentaron levantar vuelo pero sin éxito. Se tomaron su tiempo, sin dejar de intentarlo, una y otra vez. El sol ya se estaba retirando y me preocupaba ver que no podían, hasta me desesperaba por momentos. Pero no dejaba de maravillarme. Solo atiné, a estar alerta para que la “luna”, mi gata, no se hiciera presente en el lugar. Por Nino y Dik, los dos perros de la casa, no había problemas porque dormían a mi lado.

Todo seguía igual hasta que de repente ¡lo lograron!! Alzaron al pequeño hasta una planta de pomelo que está cerca del árbol gigante, pero ahí los alborotos siguieron, uno de ellos voló hasta lo alto del nido. Luego volvió junto a los otros, y de ahí (cual operación de rescate en su segunda fase) remontaron vuelo con el pichón colgando de sus patas. Confieso que la imagen me conmovió y emocionó mucho. Finalmente, justo antes de que se viniera la noche, en un último y exitoso intento, devolvieron al pequeño transgresor al nido, de lo contrario todos sabemos lo que hubiera sucedido.

Al otro día, mientras tomaba los primeros mates de la mañana, me dirigí al lugar para recordar la escena y para mi sorpresa, veo nuevamente al polluelo moviéndose a los pies del árbol, no sé si era el mismo o era un hermano, puesto que todas las crías son muy parecidas. Pero me angustié primero y luego, me dio mucha bronca y dije para mí, ¡que pajarito de porquería! ¡Con todo el esfuerzo que hicieron sus mayores! Suponiendo por esas casualidades que no fueran sus padres. También pensé… ¡qué padres descuidados! Para dejar que le sucediera nuevamente. Pero estaban muy atentos porque ni bien me acerque al pichón armaron tremendo escándalo.

Ahí decidí intervenir, porque “luna” andaba cerca, y se había percatado de lo que sucedía. Fue entonces que tomé el pichón y se lo llevé a mi sobrino Cesar para que lo criara hasta que pudiera volar. Una vez en la casa de mi familia, le doy la noticia y le pregunto si quería aceptarlo, obviamente dijo que si, ya que tiene mucho cariño por los animales. Pero no faltaron los malos pronósticos y las advertencias. Mi tía Alba le había dicho a penas lo vio…ten cuidado, mira que estos bichos son muy malos y dañinos. Pero la adopción continuó con pie firme.

El animalito, al tercer día se murió, a pesar de los cuidados y la preocupación del niño. Cuando llegué esa mañana, mi hermana me dio la noticia y enseguida apareció Cesar que no pudo disimular su llanto…¡¡para qué me lo trajiste??!! Me increpó entre sollozos y la verdad, me sentí un poco culpable, tanto por la muerte del bicho como por el sufrimiento de ese niño. Fue entonces que junto con sus padres lo hablamos y consolamos un rato, haciéndole ver el lado positivo también, así que se calmo un poco y todo volvió a la normalidad.

Todavía los pirinchos adultos revolotean al ras del piso, mirando y mirando por el pichón, aparentemente no han olvidado a ese que por descuido, curiosidad, apresuramiento, (falta de lugar) o vaya Dios a saber por qué razón, transgredió los límites del nido seguro. Lo cierto es que los suyos los siguen buscando. Los demás pichones ya intentan unos aleteos en la cima de la araucaria, tienen que empezar a valerse por sí solos pero todavía sus padres los acompañan, a pesar que desde abajo uno no puede distinguir cuales son los pichones y cuales los adultos. Lo que si se ve, es que, a su modo, se quieren, se ayudan, se esperan y se enseñan.

También entendí que nadie mejor que alguien de la propia especie nos va a saber querer, ayudar, esperar y enseñar. Nadie mejor que las personas humanas sabremos cuidar a un pichón humano, sobre todo cuando puede estar en peligro. Yo no escuché a ningún pirincho, a pesar de su fama de MALOS Y DAÑINOS ( a decir de mi tía Alba) pedir bajar la ley de imputabilidad o la pena de muerte para aquellos que vaya a saber por qué razón, muchas veces transgreden los límites del nido seguro.

Javier Barbona